La Chica del Tren
LA CHICA DEL TREN
Invierno en Barcelona. Había podido solucionar algunos temas personales y, finalmente,
quedé con un matrimonio de amigos míos de Madrid para ir a verlos. Hacía meses
que habían tenido su primer hijo, y aún no lo conocía. Se trataba de un viaje
rápido, iría el sábado y haría noche en Madrid para regresar el domingo. El
plan era ir a comer con el grupo de amigos que ya nos conocíamos, y ponernos al
día mientras estábamos con el bebé. Hacía un año que no los veía, y las sensaciones
de la última vez me dejaron buen sabor de boca. Me apetecía volver a verlos.
El sábado por la
mañana me encaminé a la estación de Sants a coger el tren de las 08:55 a Madrid.
Me había costado dormir esa noche de la emoción. Parecía un niño. Nuevamente me
llegaron pensamientos positivos del viaje que justo acababa
de empezar. Volver a Madrid era para mí el Bálsamo de Fierabrás. O como me
gusta decir, Madrid nunca falla.
Esta vez el tren
era de una compañía que no conocía. El trayecto duraba lo mismo, y por horario
era el único que se adecuaba a mis necesidades. De modo que cuando llegó la
hora del embarque, bajé con mi mochila por la escalera al andén, busque el
coche cuatro y subí a aquel tren. Difería en poco de otros. Sólo el color. Rojo.
Había sido de
los primeros en superar el control de pasajeros, y estaba prácticamente sólo en
el vagón. Me tocaba pasillo. Las plazas compartían una mesa con los asientos
delanteros, enfrentados con los míos. Dejé el móvil en la mesa y coloqué el
cargador en el enchufe que había entre los asientos. Luego subí mi mochila al
portaequipajes superior. Me quité el abrigo y lo estaba colocando encima de la
mochila cuando…
Apareció una chica. Se quedó de pie junto a mí mientras me miraba. Debería tener unos treinta y cinco años. Mediría como metro sesenta y cinco. Pelo rubio oscuro. Me pareció atractiva. Y me sonrió. En seguida capté que era mi compañera de viaje. Mi asiento era el 10C y el suyo el 10D. Pero algo se me removió por dentro. La vi...especial. No sé qué me sucedió. Desde mi separación, no estaba acostumbrado a que una mujer me sonriera. Aunque aquella sonrisa fuese sólo por cortesía.
-”¿Va usted aquí?”, le pregunté. Mi
nerviosismo me traicionó, y me salió el usted que uso cuando estoy trabajando.
-”Si, gracias.
Pero aún he de colocar mis cosas”.
-”No te
preocupes, ya acabo”-. Aquí rectifiqué. Y me salió una sonrisa algo exagerada.
Cuando terminé de colocar mi abrigo, quité el cargador y me aparté para que
ella pasara a su sitio en la ventana. Cuando hubo colocado su mochila, se sentó
y dejó un café a su lado de la mesita. Cruzó las piernas, se colocó unos cascos
y empezó a mirar el móvil.
Nunca conocí su
nombre. La chica del tren. Así llamé a esta historia. Pero resultaba demasiado
largo para referirme a ella. O sea que decidí llamarla Iryo. Si, como la
compañía en la que viajábamos. No se me ocurrió otro nombre mejor. El lugar
donde nos conocimos. Si se le puede llamar así.
Poco después
llegaron nuestros compañeros de viaje de enfrente. Una pareja de unos cincuenta
años, aunque no los aparentaban en absoluto. Él, pelo entrecano y barba. Ella,
morena de pelo largo rizado y cara levemente redonda. Se entendían bien. Se
sentaron y colocaron encima de su mesa un soporte con un móvil, se repartieron
un casco cada uno y comenzaron a mirar alguna serie. La mujer nos miró a ambos,
y pareció preguntarse si seríamos pareja.
A los asientos
de al lado llegaron primero una mujer rubia, que se sentó y se acurrucó en el
cristal. Se puso la chaqueta por encima, y se echó a dormir. No se movió en
todo el trayecto. Al poco llegaron dos hombres de unos sesenta años, catalanes,
y se pusieron a hablar de su viaje a Madrid. Iban de turismo unos días. El
cuarto asiento fue ocupado por otra señora mayor, catalana también. Los tres
hicieron buenas migas y estuvieron charlando durante un rato.
Yo, por mi
parte, me sentía contento. A pesar del madrugón, no tenía ganas de ver el móvil
ni nada parecido. El tener a Iryo a mi lado, y las ganas de ver a mis amigos en
Madrid me había quitado parte del
sueño. Cogí el móvil, me puse un casco para dejar el otro oído libre, y me puse
a escuchar música country.
El tren arrancó
puntual y se fue deslizando silenciosamente hasta que salimos de la estación.
El sol entró por la ventana de la izquierda, y a Iryo y a mí nos deslumbró por
un momento. Ambos hicimos el gesto de cubrirnos los ojos. Poco a poco, el tren
fue cogiendo velocidad y fuimos dejando atrás la ciudad. Al adentrarnos por el
Baix Llobregat, el sol se escondió tras las montañas y apenas nos volvió a
molestar. Hacía un día despejado y se veían pocas nubes. La música y la luz de
la mañana me mantenían despierto y atento al paisaje. No era como la mayoría de
pasajeros, absortos en sus ordenadores o móviles. Miraba el paisaje a ambos
lados de las ventanas del tren. Estaba feliz. A veces se me escapaba una
pequeña sonrisa. El hombre de delante mío se dio cuenta, aunque no dijo nada.
Yo intentaba estar serio debido al lugar donde estaba. Pero no podía evitarlo.
Sobre todo cuando miraba por mi ventana, junto a la que estaba sentada Iryo. Lo
cierto es que apenas la podía ver bien. Estaba echada sobre su asiento. Un giro
más a la derecha de la cuenta, y se percataría de que la miraba. Hubiera sido
una situación incómoda para ella, y no quería que eso sucediese.
El tren seguía
su marcha. Los tres viajeros catalanes decidieron ir a tomar algo a la
cafetería. Se levantaron y se marcharon, dejando a la mujer rubia durmiendo en
su asiento. Eso me permitió tener una vista despejada a través de su ventana.
Yo iba alternando la vista hacia una y otra, dependiendo del paisaje. Estábamos
camino de Tarragona, y el gris de la ciudad cambió al verde. Me gustaba mirar a
lo lejos. Tanto vivir en la ciudad nos aleja de ese pequeño placer.
Iryo miraba su video. En un momento dado, le dio un sorbo a su café. Luego se recostó con el codo en el cristal, y apoyó la cabeza en el dorso de su mano, girándose levemente hacia mí. Aproveché para observar el paisaje y verla un poco. Su cara había cambiado. Apareció una sonrisa, como de estar viendo algo agradable en su móvil. No sé lo que sería. Pero me alegró verla feliz. Su cara risueña, la música que sonaba y el paisaje verde me habían emocionado. Hasta se me humedecieron los ojos. Tuve que mirar por la ventana de mi izquierda para que no se me notara.
Había bastante
movimiento en el pasillo del tren. La gente iba a la cafetería a buscar algo de
comer o café, y me apeteció tomarme uno. Como dije, no tenía sueño. Pero quería
sentirme lo más despierto posible para no perder detalle. Quería recordar aquellos
momentos lo más intensamente posible. Y tuve suerte. Al fondo, vi acercarse un
auxiliar con el carrito del café. De modo que me levanté de mi asiento y fui en
busca de mi abrigo al portaequipajes superior. Saqué mi cartera y lo volví a
dejar. Aproveché para mirarla más detenidamente. Iryo seguía absorta en su
video. Vestía de manera sencilla. Un jersey oscuro y unos tejanos que eran algo
holgados para su figura. E iba poco maquillada, al natural. Quizás eso fue lo
que más me gustó. Una mujer con belleza interior no necesita resaltar mucho por
fuera.
Llegó el
auxiliar y pedí un cortado corto de café. Le pagué y le di el primer sorbo.
Estaba muy amargo. Me lo iba a tomar con calma. Y lo dejé junto al café de
Iryo. Yo con un café de Illy y ella con uno del 365. Los dos juntos en la mesa.
Como nosotros en nuestros asientos. Me vino a la mente la idea de escribir algo
en mi café para ella y dejarlo en mi sitio, donde ella lo viera. Pero también
sabía perfectamente que no iba a tener el valor de hacerlo.
Mi abrigo cayó súbitamente del portaequipajes. Eso me devolvió a la realidad. Lo recogí y aproveché para guardar mi cartera y devolverlo a su sitio. Iryo había aprovechado para echarse por encima de las piernas su abrigo gris.
Habíamos pasado Tarragona e íbamos camino de Lleida. Iryo debía de estar cansada de estar en la misma postura, y cambió el cruce de piernas. Metió su pie dentro de mi espacio y rozó el mio. Ella no dijo nada, y yo lo aparté para que estuviera más cómoda. Tampoco le dije nada. Aunque pude ver qué zapatillas llevaba puestas. Eran unas New Balance grises. Como su abrigo. Parecían algo gastadas. Empecé a pensar que su atuendo quizás era debido a que viajaba mucho a Madrid, o que iba de regreso. Quizás venía de ver a alguien, o alguien la esperaba en Madrid. Quien sabe…
Pasamos Lleida e íbamos camino de Zaragoza. Los Monegros aparecían por las ventanas, como un desierto. El paisaje se fue tornando más gris, como el viaje. Se acortaba por momentos. A ratos sentía tristeza, demasiadas emociones para tan poco tiempo. Comencé a pensar que valdría la pena recordar esos momentos, y empecé a tomar notas en mi teléfono de las sensaciones en ese viaje. Pensé que, ya que no iba a poder hablar con ella, al menos que quedara en mi recuerdo.
Los pasajeros
catalanes regresaron a sus asientos. Habían pasado más de una hora en la
cafetería. “Menudo ambiente debe de haber ahí”, pensé. A eso que pasó una
auxiliar recogiendo deshechos. Cuando llegó a nuestra altura, eché mi vaso de
café en la bolsa. Iryo se acercó hacia mí, seria, y le entregó su vaso de café
para tirar. Y de nuevo, la observé. Tuve su rostro ante mí, aunque de lado.
Tenía la piel blanquecina, y llevaba dos pendientes pequeños con forma de
rombo. Cuando encogió su mano, también la observé. Llevaba dos pequeños anillos
en sus dedos, uno dorado y otro de color negro. Parecían complementos, algo
informal. No pude ver el color de sus ojos, ni sentí tampoco que usase perfume.
En esos escasos segundos pude ver todo lo que cuento. Así de rendido a su
encanto estaba.
La pareja de delante seguía absorta con su serie. A ratos hablaban de sus hijos. Aunque, sinceramente, dudaba si se referían a los de la pareja, o a los de cada uno de ellos. Se les veía contentos. A ratos, se besaban. Y sus manos estuvieron cogidas durante casi todo el viaje. Seguían tan tranquilo viendo su serie, y reían cuando se hablaban y bromeaban. Ella, sobre todo. En algún momento nos miró. Y acabó por convencerse de que, efectivamente, Iryo y yo no éramos pareja. La verdad es que, viéndolos tan felices e ilusionados, sentí mucha envidia. "Ojalá fuésemos nosotros esos dos", pensé.
Llegamos a Zaragoza. El tren se detuvo unos pocos minutos. Miré la hora: las diez y media. En una hora llegaríamos a Atocha. Lo cierto es que entristecí. La música, con la que al inicio del viaje me había estado animando, sonaba ahora mucho más triste. Y mis ojos, que al principio se humedecieron de emoción, ahora empezaban a hacerlo de tristeza. Y no había nada que pudiera hacer para remediarlo. La cuenta atrás había empezado. Iryo seguía impasible, con su móvil y su pie apoyado cerca del mío, ajena a todo aquello que yacía en mi interior. Deseaba que el viaje continuara para seguir teniéndola a mi lado, y que surgiese alguna excusa para poder hablar con ella. Pero, en el fondo, sabía que eso no iba a ocurrir.
Estábamos pasando una serie de túneles y, al fondo, se veían pequeños pueblos diseminados. El paisaje ahora se había vuelto más verde, y a ratos la llanura se abría a la vista y a ratos, se estrechaba. Pasamos por un pueblo metido dentro de un valle. Era un paisaje muy bonito. No lo pude evitar y dirigí mi mirada hacia la ventana de Iryo, y seguí con la mirada ese pueblo hasta que se perdió de vista. Y la miré. La vi más bonita que nunca. Fue sólo un segundo. Aunque, en esta ocasión, Iryo me vio. Sin levantar la cabeza de su móvil, sé que me vio. Yo giré mi cabeza hacia mi lado, con la mirada levemente agachada, avergonzado. Pero en absoluto me arrepentí. Creo que, dentro de las circunstancias, era lo máximo que podía hacer para mostrar mi interés por ella. Dicen que quien no entiende una mirada, no entiende nada. E Iryo la entendió.
Ella apartó la espalda de su asiento y adquirió una pose más erguida. Se acercó ligeramente hacia mi. Cuando la vi hacer esto, no lo pude evitar y dirigí mi mirada hacia su ventana, muy cerca de ella. Casi podía ver su cara por completo. Iryo dibujó una leve sonrisa. Abrió ligeramente sus labios. Y empezó a tocarse el pelo. A acariciárselo. De arriba a abajo. Lo hacía muy lentamente. Con parsimonia. Primero por un lado de su cabellera. Después por el otro. Mientras lo hacía, a veces giraba su cuello a lado y lado. Muy despacio. Luego comenzó a extendérselo por la parte de atrás. Su melena rubia hizo que resaltara su belleza natural mucho más. Continuó su ritual haciéndose mechas con sus dedos en las puntas de su pelo. Todo esto lo hizo sin soltar su teléfono. Mientras veía su video. Me dejó sin habla, sinceramente. Mi respiración se estuvo agitando durante esos escasos minutos. Me pareció increíble con qué naturalidad estuvo llevando la situación. Pensé en girar mi cabeza y mirarla directamente a los ojos. Decirle lo bonita que me parecía. Que me había enamorado de ella. Y que había conseguido que mi corazón latiera con fuerza de nuevo tras un letargo. Y con la misma naturalidad que actuó cuando captó mis miradas, Iryo captó también mis pensamientos de ese momento. Recobró su postura sobre su asiento, recogió su pie de mi lado y se irguió de nuevo lentamente, pidiéndome permiso para salir. “¿Te importa?”, me dijo. Yo, aún con el respiración entrecortada, me levanté y la miré. Le sonreí levemente. Y sólo me salió un “claro”, mientras me apartaba e Iryo se dirigió hacia el fondo del vagón para ir al baño. Miré su pelo durante algunos segundos antes de volver a sentarme. La pareja de enfrente me miró, y comprendieron perfectamente la situación. Ambos sonrieron mientras me observaban. Habían visto perfectamente la escena. Pero no dijeron nada. Estaban disfrutando de aquella situación. Cuando me recuperé, miré por la ventana donde ahora no estaba ella, con la mirada entre abrumada y pensativa.
Iryo regresó del baño. Se paró junto a mí, pero ya no hizo falta que me dijera nada. La esperaba. En cuanto llegó, y casi sin querer, le dirigí una mirada cómplice. Sonreímos. Luego me levante despacio, sin prisa, al tiempo que miré al cielo mientras lo hacía, como dando las gracias por esos momentos que ella me había regalado. Se acomodó, volviendo a cruzar las piernas hacia el otro lado, dejando mi hueco libre. Se puso de nuevo a ver su video, y no hizo ningún gesto más.
El viaje tocaba a su fin. Quedaba ya poco para llegar a Madrid. En ese tiempo, mi cabeza bullía. Deseaba con todas mis fuerzas que el viaje no terminara. Añoré mis viajes en tren de niño. Los tiempos de los trenes expresos. Con la gente hablando e intercambiando historias y haciendo amistades. Hubiese deseado viajar con ella de noche en uno de aquellos trenes y que, de madrugada y vencida por el sueño, se hubiera recostado en mi hombro para poder dormir.
El hormigón volvió a abrirse paso entre el verde de los prados. La M40 dio paso a la M30 y poco después, ya se vislumbraban Las Cuatro Torres. Madrid aguardaba. Y quien sabe si a Iryo le aguardaba también alguien en el andén, deseando estrecharla entre sus brazos y besarla. Ya no podía mirar por su ventana. Me invadió una sensación de tristeza indescriptible. Tenía un nudo en la garganta. Sabía que era el final de esta historia. Intentaba alegrarme por los días que iba a pasar con mis amigos, pero eran tantas las emociones ya vividas que me iba a parecer imposible superarlas.
Lentamente, el
tren entró en Atocha. Algunos pasajeros comenzaron a recoger su equipaje
mientras otros llamaban con sus teléfonos. Los tres pasajeros catalanes se
levantaron y se dirigieron a la puerta de salida, ya que tenían allí sus
equipajes. La mujer mayor se despertó y tardó un poco en despejarse. Cogió su
maleta del portaequipajes y se dirigió también a la salida.
El tren se
detuvo. Final del trayecto. La pareja de delante bajó sus maletas y, tras
dirigirnos una mirada cómplice, salieron también. Poco a poco, el vagón se fue
vaciando. Tanto Iryo como yo permanecíamos sentados en los asientos. Yo no
quería irme sin despedirme de ella. Sin un adiós. La miré levemente. Pero Iryo
estaba ausente mirando su teléfono. Supuse que quería quedarse sola. De modo
que, apenado, lancé un suspiro y me levanté. Bajé mi abrigo del portaequipajes
y me lo coloqué mientras la miraba. Seguía imperturbable con su móvil y sus
cascos. No había nada que hacer. Estábamos ya prácticamente solos en el tren.
De modo que bajé mi mochila y me la coloqué en la espalda. La miré por última
vez. Y me despedí con un lacónico “Adiós”. No me miró cuando le dije esto. Ni
creo que me oyera. Me dirigí hacia la puerta de salida mientras Iryo permaneció
sentada. Bajé de aquel tren, y caminé por el andén hasta el vestíbulo. Allí
paré un momento para guardar el cable de mis cascos para no llevarlo encima.
Hubiera deseado cruzarme con Iryo en ese momento para hablar con ella. Pero eso
nunca sucedió. Cerré mis ojos y lancé un último suspiro al cielo, muy hondo. Y
seguí mi camino.
Hasta siempre,
Iryo. La chica del tren. Fue un
placer conocerte. Que tengas suerte.
Lachicadeltren1@hotmail.com
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